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Resiste Covadonga

¿Es por el interés?

25 Julio 2020 , Escrito por EliasBautistaLeónDeSanMarcos Etiquetado en #Cristo, #Fe, #Poesia, #catolicismo, #moral cristiana, #religión

 

Es un típico argumento ateista que los “creyentes” -y más concretamente los cristianos- creen en Dios y siguen sus mandamientos por un “interés egoista”. Porque Dios promete una recompensa, un Cielo, un Paraíso, la vida eterna; otras religiones también ofrecen algún tipo de “recompensa.

“¿Serías bueno si  no esperaras recibir algo a cambio, aunque sea a la larga, en otra vida?”

Bien, en primer lugar hemos de pensar que el ser humano es básico y, sí, hasta cierto punto egoista.
Si no tenemos un buen motivo para ser buenos...¿por qué habríamos de serlo?

¿En serio deberíamos no solo ayudar a los demás si no sacrificarnos, ser altruistas, y soportar las ofensas y los daños que nos hacen los demás, sin motivo y “porque sí”?

Dios que es La Sabiduría por definición y que es quién nos creó, porque nos quiere más que nadie, nos conoce mejor que nadie y nos comprende mejor que nadie.

Sabe que si no nos pone una “zanahoria” delante, es muy probable que no empecemos a movernos.
Pero Dios es Veraz y no nos pone un mero cebo para que le sigamos si no que nos promete devolvernos algo que en realidad era nuestro desde el Principio y que el Enemigo arrebató a los primeros Padres aprovechando su debilidad: La Vida Eterna en un Paraíso en Su Divina Presencia.

Es algo para lo que estábamos destinados y, por tanto, es una tendencia natural desearlo y buscarlo; no es egoísmo, es predisposición natural.

En realidad se podría decir que, incluso si fuera por interés propio, es mejor hacer el bien que nos pide Dios por el interés de lograr La Gloria en su Reino y si eso nos hace ser mejores personas en todos los aspectos, que no hacer el bien (o incluso hacer el mal) por el interés propio y banal de vivir mejor en este mundo pensando que “aquí se acaba todo”. Algo semejante a aquél “comamos y bebamos que mañana moriremos”.


Incluso hacer un bien, sin que medie la Fe en ello, es “vanidad y cazar viento”. Hacer un bien mundano, favorece circunstancialmente a alguien pero en realidad solo es un halago a la propia vanidad del individuo que se dice a sí mismo “Que bueno soy ¡Que generoso! YO ayudo, no un dios”.
Un interés egoista es pedir, exigir “tu” recompnesa -y una recompensa segura- cuanto antes; a ser posible, aquí y ahora. Algo tangible.

Abraham fue elegido por voluntad divina; por pura Gracia. 
Sin embargo ¿Por qué Abraham se marchó de su casa y de su tierra y abandonó a los dioses de sus antepasados? Por las promesas que le hizo Dios para un futuro lejano. Y su Fe fue recompensada.

A Abraham, al igual que al pueblo de Israel le fueron hechas promesas para este mundo: Darles una tierra propia, alargar sus días sobre esta tierra, convertirlos en una nación numerosa como las estrellas del cielo...y se les dejó entrever una Resurrección en el “Mundo Futuro”.

Sin embargo Jesús nos habla de un Reino que no es de este mundo, en el cual reina el Padre Celestial, en el qual hay “lugares a su mesa” y en que a los Santos se les sentará en tronos para juzgar a las naciones y hasta a los ángeles caídos.


Nos promete un Reino espiritual e intangible; ese “Mundo Futuro” comienza en la Otra Vida, después y más allá de esta. Pero no habremos de esperar tanto como hasta el Fin de este mundo.
“En verdad te digo: HOY estarás con migo en el Paraíso”.

¿Es realmente tan poderosa una promesa que hay que aceptar sin garantías, de que en otra vida vamos a ser felices como para hacer que lo demos todo y lo soportemos todo aquí y ahora que es cuando duele?

Creer en Dios y querer sus recompensas, todo lo cual debemos aceptar a través de un gran ejercicio de confianza absoluta llamado Fe, de ser un “interés personal” no es en si mismo un mal interés.


Sin embargo esto es solo el principio. Puede que cuando comienzas a buscar a Dios en serio, sea la idea de la recompensa uno de los motivos que te acercan a Él como a un escudero se le reclutaba con la promesa de un sueldo y con suerte ganar la orden de caballería y hasta un título nobiliario.

Muchos iban solo por tener la comida asegurada, como la mujer samaritana que le pide a Jesús que le de ese agua del que sí se bebe “no se vuelve a tener sed” para no tener que sacarlo cada día del pozo; como el paralítico al que cura S. Pedro que cuando acompañado por S. Juan le dice “míranos” esperaba recibir algo material, una limosna y recibe mucho más que eso.

Pero después de luchar junto al rey y verle sufrir por sus hombres y alentarles, lanzarse a la batalla el primero, ganar con nobleza perdonando a los enemigos y erradicar el mal; el soldado ya no le sigue tanto por la recompensa como por Fidelidad. Se a adherido a su causa, ha asimilado sus ideas, le toma como ejemplo y realmente ya no le importa tanto su “ascenso” como el hecho de poder servirle e imitarle en lo posible.

Es aquí donde entra el concepto que queda tan bien definido con aquellos versos que dicen: 

“No me mueve, mi Dios, para quererte
Ese Cielo que me tienes prometido...”
(Sigue aquí)

Obviamente que las recompensas siguen en el lote. Todo buen cristiano debe aspirar a la santidad y después de “pelear la buena batalla, correr la carrera y guardar la Fe” recibir la Corona de Gloria y todo lo que conlleva.
Pero aún más allá de esto está el deseo de “Partir y estar con Cristo”.
 

 

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